La posibilidad de la derrota

Kate Morton cuenta en “Las Horas Distantes” la historia de una joven que trabajaba en el cuartel general británico en Londres durante la Guerra Mundial. Se topaba a menudo con Churchill en los pasillos, y a petición del primer ministro había colgado un cartel que decía:

Por favor, comprenda que aquí no hay lugar para la depresión y no estamos interesados en la probabilidad de la derrota, pues no existe“.

No he encontrado evidencia de que la historia sea verídica, pero, aun siendo apócrifa, encaja perfectamente con el carácter del primer ministro del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial. En los peores momento de la crisis provocada por el nazismo (en el blitz de los aviones alemanes contra Londres, cuando el país se enfrentaba solo a la amenaza de Hitler), vio claro que para  alcanzar la victoria era necesario mantener intacta la vitalidad y la confianza de sus compatriotas en la posibilidad de ganar la guerra. En la práctica, la victoria significaba la supervivencia de la sociedad británica en sus principios de convivencia, democracia y libertad. Y la derrota, el fin de esa sociedad.

Churchill identifica la depresión como una amenaza desde dentro a la actitud necesaria para sobrevivir – es decir, para no sucumbir. Estoy muy de acuerdo con él, más que nunca en un momento como el actual en que la crisis parece convertirnos a todos en profesionales mediocres trabajando en compañías mediocres.

La depresión se manifiesta en nuestros lugares de trabajo en la pereza, la desidia, la incapacidad para aprender, para emprender, para escuchar nuevas ideas, para imaginar nuevos caminos, nuevos modos de relacionarnos internamente y con clientes y proveedores.

La depresión se manifiesta en la duda sobre los principios y valores que hasta ahora nos parecían sólidos, sobre nuestra capacidad para salir adelante, para innovar, para comunicar lo que hacemos, para vender nuestras ideas, nuestros productos y nuestros servicios.

Y la depresión se manifiesta en la queja, la crítica y la desunión.

No coincido con Churchill en que no se deba contemplar abiertamente la derrota como posibilidad, al menos en el entorno empresarial. Por realismo y responsabilidad. Pero la derrota como posibilidad es una condición de nuestra actividad y no una consecuencia inevitable de las circunstancias que atravesamos. No tiene la última palabra sobre nuestra profesionalidad, nuestras compañías o nuestro sistema económico.

La supervivencia  (la satisfacción por nuestro trabajo de mañana, los frutos de nuestras empresas de mañana, el crecimiento de nuestro sistema económico de mañana) requieren la victoria – nuestra victoria – sobre la depresión.

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